miércoles, 12 de noviembre de 2014

Arrastrándome. (Texto extendido de la canción Do I Wanna Know?)

En la soledad de su habitación, o más bien, en el vacío de su casa, tan solo se veía una luz. Una pequeña luz de un haz anaranjado, parpadeante y débil. Por la ventana de aquel cuarto se veían las luces de la ciudad, como pequeñas luciérnagas, guardianas de las calles, que las protegían de lo que la gente más temía: Oscuridad.
Pero había una oscuridad, unas sombras que ni siquiera aquellas potentes y protectoras luces podían alejar.

En una esquina de aquella negra y medio vacía habitación, consumido frente a un papel, se encontraba él. Tratando de plasmar sus demonios en aquella carta, liberarse del peso del silencio. No lo entendía, no podía comprender aquel dolor creciente, encendido por una pequeña llama.
A sus pies, montañas de papeles rotos o arrugados, con cientos de palabras que no lograban satisfacerlo. No eran lo suficientemente buenas.
Un espasmo recorrió su cuerpo, y con rabia, soltó un fuerte puñetazo a la mesa, con un ahogado gruñido, que hizo temblar era pequeña luz vacilante que le iluminaba medio rostro, como una llama que lo iba quemando.
La desesperación iba creciendo, una marea que sube sin control, y que lo ahogaba. Se inclinó sobre la mesa, apoyando los brazos y hundiendo su rostro en ellos. Rodeó su cabeza con los antebrazos y los dedos se enredaron en su pelo negro, fruto de su confusión mental, como si estirando su cabello fuera a producir una buena idea que plasmar en el papel. Porque por alguna razón, sentía que esa era la única manera de decírselo. Porque, a pesar de la fama que le seguía allá donde fuera, de rebelde, de libre, de salvaje sin respeto por nada, ahora había algo que le atemorizaba decir cara a cara.
Así que, con un trago más de aquella botella, y con un poco menos de conciencia que antes, consiguió coger otro papel para intentarlo una vez más.


"Dime, ¿Alguna vez te has sonrojado? ¿Has sentido ese intenso miedo que no te deja moverte? ¿Que no deja cambiar tus mareas? Como algo que se pega a tus dientes y se enreda en tu boca, formando un fuerte nudo.
Desde aquí yo te digo que nunca lo parece. Por eso es que siempre me pregunto que si tendrás algún as en la manga. Porque todo el mundo cree que has caído todo lo bajo que alguien puede caer, y sin embargo tú pareces no inmutarte, como alguien que no se da cuenta de su situación. Pero lo sabes. Oh, bien que lo sabes.

Puede que sea por eso por lo que he soñado contigo ya varias veces esta semana. A decir verdad, casi todos los días. Y ahí, tumbado, pienso: ¿Cuántos secretos eres capaz de guardar? Cuantos guardarás, y, sobre todo, si serías capaz de guardar este. Porque, ¿Sabes? He encontrado una canción que de alguna manera me hace pensar en ti, y es esta misma la que todas las noches pongo en Repeat, hasta que acabo rendido, dormido, ganado una noche más.


Por ti me paso los días pensando: ¿Realmente quiero saberlo? ¿Quiero saber si este sentimiento fluye en ambos sentidos? Porque siempre es triste verte alejándote de mi una vez más. Supongo que de alguna forma siempre espero a que te des la vuelta y te quedes conmigo, ya que empecé a creer que de verdad es posible. Y aún así, me paso las tardes ansioso, a punto de enloquecer, esperando a que anochezca, prácticamente acosando el móvil con la mirada. Esperando un mensaje tuyo. 

Porque ambos sabemos que las noches fueron principalmente creadas para decir lo que no se puede decir con la luz del sol.

Arrastrándome hacia ti. Siempre arrastrándome invisiblemente hacia ti. Porque sé que jamás has pensado en llamarme cuando tenías un poco de tiempo. Y yo siempre intentaba hacerlo. Quizá estaba demasiado ocupado obsesionado por ti, rogando para que me eligieses, aunque no fuese mas que un trapo sucio que tirarías a los dos días. Hasta que me dejases por otro nuevo. 

Y lo mejor de todo es que por nada del mundo admitiría jamás nada de esto, siempre negándome a mi mismo una realidad desesperante. Ahora que lo he pensado bien, lo veo todo claro. Pero da igual, ya que me sigo arrastrando patéticamente para llegar a tu lado.

Y, dime, ¿Tienes agallas? Agallas para volver admitir todo esto, esta enorme brecha que nos separa, esta diferencia que no es más que una similitud gigantesca. Y es que no puedo dejar de pensar que si después de todo aquello tu corazón seguirá abierto, después de tantas y tantas heridas que aún no han cicatrizado. Y, si es así, necesito saber cuando cierra.


Así que, por favor, si lees esto y me vuelves a ver, tan solo cálmate y deja de correr. Deja de alejarte de mi. Deja de hacer lo que quiera que estés haciendo para huir. 

Y si interrumpo mientras estás haciendo algo, es tan solo porque estoy constantemente tratando de esconder mis desesperantes ganas de besarte. 
Pero quizá todo esto sea una gran locura, y no sientes lo mismo. 

Y en esto se resume esta estúpida y absurda carta. En esto se resumen todos mis miedos, mis inseguridades y todas las heridas de mis nudillos. Este intenso dolor de cabeza, y esta mala letra, seguramente influenciada por la botella de whisky vacía en la mesa. Tan solo por saber si tú quisieras estar conmigo. Por una carta, por palabras. Porque me sigue asustando pensar en si esto es correspondido, porque sigo sin saber si quiero una respuesta. Pero estoy seguro que lo que quiero es que te quedes a mi lado, que te des la vuelta y camines hacia mi.

Cualquiera me diría que estoy loco, que no estás a mi nivel. Y es que no es justo que todo el mundo te vea como te ve, ya que en realidad todos, y sobre todo yo, somos una mota de polvo comparados con tan solo uno de los mechones de tu pelo.
Y por eso lo he pensado bien. Es esta carta mi manera de seguir arrastrándome. De sacarte de mi cabeza. 
Y va a ser que no voy a poner esas dos últimas palabras que se dedican los enamorados, porque a este punto quiero conservar lo poco de dignidad que me pueda quedar. Pero, sobre todo, porque puede que tú nunca llegues a pronunciarlas con destino a mis oídos, pero, seguiré esperando que te quedes conmigo, darling."


Sintiéndose desfallecer, escribió aquella última palabra. Esa que escuchó salir de sus labios aquella vez. Y fue entonces cuando media palabra se volvió ilegible, porque letras ligeramente temblorosas se volvieron una gota de agua gris. Él tan solo dobló la hoja con cuidado, por la mitad. Y es que de alguna manera esa carta consiguió calmar sus ganas de ponerse a puños con la pared, pero desató un tipo de tristeza que no había experimentado antes. La impotencia. Y mirando hacia el trozo de papel, supo lo que tenía que hacer. Así que sin dudar ni un momento, seguramente por la influencia del alcohol, abrió de par en par la ventana, sintiendo como un gélido viento de Diciembre le abofeteaba la cara, y enfriaba todos y cada uno de sus huesos. Se subió a la mesa, para poder sacar medio cuerpo por aquella ventana, quedando expuesto a la oscuridad de aquella calle. Extendió el brazo con la carta a la altura de su cabeza, y con la mano que le quedaba libre, hizo lo que en aquella vieja película vio. Sacó de su bolsillo aquel mechero que había encendido infinidad de cigarros, y con seguridad puso la llama justo debajo del papel.

Quizá fuera por el frío que entumecía su cuerpo, quizá por su borrachera evidente, o por esa voz en la cabeza que le gritaba que quemar aquella carta sería un suicidio. Pero el caso es, que en su mente hubo duda. Hubo duda durante el tiempo necesario para que aflojase la presión de los dedos, provocando que una ráfaga de viento le arrancase la carta de la mano. Y la vio alejarse. La vio volar lejos, desconsolado. Vio como desaparecía mientras se apoyaba en el alféizar de la ventana. Y no la volvió a ver. Dio igual el tiempo que pasara congelándose, y congelando sus lágrimas en la ventana. Aquella carta no volvería jamás.
Pero lo que él no sabía es que volvería, pero desde luego no como esperaba.

jueves, 16 de octubre de 2014

Llévame.

(La chica, con los ojos chispeantes y el cuerpo como un hilo de algodón, esperaba ansiosa, mirando hacia la oscuridad. En realidad, todo lo que la rodeaba era oscuridad.
La sensación era agobiante, aunque ella no lo notaba debido a su ilusión. Se sentía como si los pies estuviesen flotando en el aire, o, bueno, quizá realmente lo estaban.
No se notaba nada, ni una gota de aire. Esto parecerá insignificante, pero vivimos rodeados de la presión del aire contra nuestra piel. Una presión ya lógicamente invisible, pero completamente notoria e incómoda cuando está ausente.
Por alguna razón, era casi imposible moverse. Era como esa pesadez y al mismo tiempo ligerez  que se siente en el agua, pero multiplicado por diez. Como ese lento movimiento al estar sumergido, la necesidad de clavar los dedos en la superficie de la misma para desplazarse. Pero, como en el agua, era imposible resistirse aquí. Tan solo podías asumir su presencia, fundirte en ella...)

Unos ligeros pasos rompieron el silencio absoluto. Un escalofrío electrizante le recorrió la espalda, como si hubiera tocado un poste de electricidad. Y a medida que los pasos se intensificaban, la temperatura bajaba escandalosamente. Ella no sabía exactamente que era lo que se acercaba, pero lo podía suponer. Al fin y al cabo, era por lo que estaba aquí. Automáticamente, los ojos se le abrieron tanto como sus párpados le permitían, y una sonrisa macabra se dibujó en su rostro. Convirtió sus manos en puños, y si hubiera podido ver algo, hubiera sido como sus nudillos se iban tiñendo de blanco. No podía esperar más. Necesitaba liberarse.


Llegó un punto, en el que los pasos, simplemente, cesaron. Ella contuvo la respiración en cuanto notó un gélido aliento rebotándole en la cara. Pero no era un aliento normal. Conforme el congelado aire se metía por sus fosas nasales y en su boca, pudo sentir como su mente comenzaba a cambiar. Su ansiedad se fue desvaneciendo, al igual que las pequeñas gotas de alegría que conservaba. Era como si su cabeza estuviera haciendo hueco para que aquel frío se instalara. Era como si la estuvieran vaciando. ¿Era así como se sentía la...?
Entonces, solo entonces, antes de poder siquiera terminar ese fugaz pensamiento, pudo sentir de nuevo el escozor, o más bien el intenso dolor en su muñeca izquierda, y el calor un poco más abajo, hacia el comienzo de la palma de la mano. La sensación de calor iba bajando, como una corriente. Pero qué importaba. 
En aquel instante pudo sentir el valor suficiente para cumplir su deseo.

-¿Eres tú? Tienes que serlo. Creo que puedo entender por qué aquí, por qué no te dejas ver. ¿Sería un secreto desvelado para la humanidad, no? Que mas da, de todas formas, ya no voy a volver. ¿No es así? 
Si no, no estaría aquí.- Dijo, con una notoria ironía. 
-De todas formas- Prosiguió, con una pesadez reflejada en un medio suspiro- Aunque me quedara en este sitio para siempre, sería mejor que estar ahí afuera. Porque es así, ¿No?- Soltó, mientras desviaba la mirada hacia un punto nada concreto, sonreía de lado y soltaba una carcajada melancólica. -Los suicidas van al infierno.

Tras una pausa en la que ella se tragaba una pequeña lágrima, y con ella todo su temor, reanudó su discurso:
-Pero ya no sé si eso es cierto. Ya no sé si hay cielo o infierno, ya no creo que haya alguien que vela por mi. Porque, si fuera así, hace tiempo que me ha abandonado. Y eso es todavía más cruel que pensar que no hay nada.

Antes de que pudiera seguir hablando, comenzó a oír un ligero golpeteo constante. La sangre caía poco a poco al espacio indefinido, desde las gotitas que se formaban de la punta de sus dedos, finos y casi esqueléticos. Inspiró profundamente, porque aunque no lo quisiera admitir, el temor se iba agolpando poco a poco en ella.
Con la voz temblorosa, continuó hablando:
-¿Cuándo sabes que has muerto? Porque no sé muy bien si sigo viva o si ya no respiro. No hay ninguna sensación diferente. Tan solo el mismo vacío de siempre... ¿Cómo te puedes sentir de la misma manera, estés viva o muerta? Supongo que es porque... el mundo de ahí arriba... ya no tiene sentido. Si, por eso supongo que se siente de la misma manera. 
Porque he dejado de entender la vida. Porque me he dado cuenta de muchas cosas. La vida es un constante círculo por el que se camina. No es nada más que repetir una y otra vez lo mismo, hacer una y otra vez las cosas que odiamos, creyendo que eso es lo que está bien. Pensando que realmente lo necesitamos, y que en unos años podremos ser felices. Pero es un bucle que nunca acaba, es una prisión con cadena perpetua.
Y da igual que el tiempo transcurra, y que las horas en el reloj pasen inaugurando un nuevo día. Porque, queramos o no, al fin y al cabo vivimos siempre las mismas acciones y momentos, esperando al mañana para hacer lo que queremos. Y ese "mañana" es periódico, jamás se convierte en un "hoy". 
Entonces, dime: ¿Que sentido tiene...vivir?

Terminó, tomando un respiro. Y entonces fue cuando comenzó a escuchar en la lejanía de la oscuridad un pitido. Agudo, y constante. No tenía ningún sentido, no sabía que podía ser. Pero nada de esto lo tenía realmente, así que, ¿Que importaba cualquier cosa a estas alturas? Convencida, siguió su monólogo:
-Pero... ¿Que me espera aquí? Sé que ya no hay vuelta atrás, pero no puedo evitar sentir miedo. Miedo... ¿Que palabra más bonita, no crees? Es tan subjetiva...- Se calló, al sentir como el pitido bajaba su rapidez, para pasar a un ritmo más pausado y entrecortado. Ahora eran varios. -Bueno, supongo que sea lo que sea, está bien. Estoy cansada. No hay nada que me ate ahí arriba.

Acabó de hablar, justo cuando una lágrima comenzaba a rodar por su mejilla. Sintiendo que si hablaba un poco más su voz se quebraría quizá para siempre, pronunció sus últimas palabras:
-Así que, haz tu trabajo, llévame ya.

En un instante, notó como el aliento frío como el hielo desaparecía. ¿Que estaba pasando? Ahora no debería ocurrir esto. En un instante comenzó a oír algo que parecían... ¿Latidos? Pero sonaban tan fuertes, que parecía que el sonido le iba a romper los tímpanos. Se estaban adentrando en su cabeza, de tal manera que no le dejaba pensar en nada más. Se sentía como si de un momento a otro fuera a enloquecer. 
Pum pum. 
Sintió como sus pies tocaban algo firme. 
Pum Pum. 
Los pitidos se volvía más lentos y regulares. 
Pum pum. 
Estaba temblando de pies a cabeza, así que simplemente se dejó caer, formando un ovillo con su cuerpo.
Pum pum.
De nuevo comenzó a sentir algo parecido a la presión contra su cuerpo, ¿Que estaba pasando?

De golpe, sin previo aviso, sintió como se asfixiaba. Los pulmones y todo el sistema respiratorio estaban ardiendo, y sentía una enorme presión en la cabeza. Y en cuanto abrió la boca para coger una bocanada de aire desesperada, sintió de nuevo todo el peso de la gravedad de golpe. El dolor de su muñeca se volvió insoportable. Su visión se tornó de negra a deslumbrantemente blanca en milésimas de segundo, y un intenso pitido agudo le golpeó los oídos. Se incorporó de golpe, abriendo por fin los ojos. 
Hiperventilaba, haciendo ruidosos jadeos para calmar su necesidad de oxígeno. El pitido fue desapareciendo poco a poco, junto con el velo blanco de su mirada. Miró a todas partes, confusa, sintiendo como tenía el pelo pegado a la cara por numerosas lágrimas y oyendo esos pitidos que se escuchaban en la oscuridad.
Se encontró en una sala blanca, con numerosos aparatos, y un ajetreo enorme de médicos yendo y viniendo.
Se fijó con toda la concentración de la que en ese momento podía disponer en una chica en concreto, que le sonrió, y le susurró:
-Bienvenida de nuevo.
-¿Que... que ha ocurrido?-Respondió. Sabía muy bien lo que pasaba, pero quería oírlo.
-Te encontraron tus padres, inconsciente en el suelo. Habías perdido ya mucha sangre, y te trajimos aquí. Mientras te dábamos la sangre que habías perdido, llegó un momento en el que el corazón se paró. Hemos tenido que utilizar el desfibrilador. Pero has vuelto, no te preocupes más.

Bajó su vista a la muñeca izquierda, viéndola cubierta por una gasa blanca. Seguramente cosida ya. Esta marca no se iría jamás.
-Tu familia está aquí- Dijo la enfermera de repente- En un rato diré que pasen a verte.
Con un repentino cansancio y dolor general, se recostó en la camilla, regulando su respiración. Al parecer, si que había cosas que la ataban aquí.






lunes, 22 de septiembre de 2014

Profesionales.

Ese sonido. El que ya me parecía tan familiar, ese que todos conocemos. El sonido del motor rugir, antes de arrancar. Puedo notar todos y cada uno de mis músculos en tensión, si esto no sale bien, simplemente estamos jodidos. No es que no lo haya hecho antes, solo que cada nuevo intento es una nueva misión suicida. Pero esto es lo que soy, esta es mi vida.
Jugueteo con mis manos, intentando disipar los nervios y la tensión. Ninguno de los cuatro hablamos, se puede cortar el ambiente con un cuchillo. Noto el picor del pasamontañas en la cara, siento como aplasta mi cabello contra la frente haciéndome sudar, aunque dudo que esa sea el único motivo por el que lo hago. Miro a mi derecha. Junto a mi, en la parte trasera de este coche, va mi aliado, el socio en el que más confío, mejor amigo si prefieres llamarlo así, o lo que sea, mirando las calles pasar. Se intenta hacer el fuerte, como siempre. Bueno, más bien como todos. ¿Quién dijo que los de nuestra profesión no tenemos miedo? Puras falsedades. Sabemos lo que nos jugamos, sabemos todo lo que esto conlleva. Pero sabemos mejor que nadie todo lo que podemos ganar, mejor dicho, todo lo que solemos ganar.
-Miguel, ¿Estás bien?- Digo, por algún motivo. No es que me preocupe que la cague, sé que lo hará bien. Pero siento que su tranquilidad me tranquiliza, así que, sabiendo que va a responder que si, esta pregunta tan solo se puede considerar como un estúpido acto de auto concienciación. -Si, claro.- Seco. Puedo notar la sequedad en su voz. Nervioso, como todos. Y, al contrario de lo que me esperaba, esa respuesta no me relaja para nada.
Miro a Isma. Él tan solo conduce de la manera más normal posible, sin llamar la atención, con la vista fija en la carretera. Raúl, a su lado, mira a sus pies, haciendo los típicos ejercicios de respiración.
Me fijo en las calles, dándome cuenta de que ya sólo quedan dos manzanas. Cierro los ojos, y intento dejar mi mente en blanco. Necesito toda la concentración de la que pueda disponer. Esto no es ninguna broma.
Abro los ojos. Ya hemos aparcado en el aparcamiento. Sin que me de cuenta, mi rostro ya ha cambiado. El rostro de dureza y concentración. El rostro casi inexpresivo de siempre, el de líder. El rostro del Rubén que todos conocen. Y con todos, me refiero a todos. El rostro del cabecilla de la banda terrorista más conocida del país en estos momentos.
Salimos del coche, dejando a Isma solo. El plan es fácil, a la antigua. Entramos, apuntamos, nos lo llevamos todo y Isma nos recoge para huir. No es un banco muy grande, no habrá problema, todo está calculado al milímetro.
Nuestras pisadas resuenan en el asfalto casi al unísono, con nuestras botas negras militares. Cada uno con su bolsa, su equipo y sus armas. Un perfecto equipo, sincronizado como ninguno. No es que no tengamos más miembros, somos casi 15 en total. Pero para esta misión tan solo necesitaba tres hombres. Mis camaradas de total confianza. Mis amigos, supongo.
Ya estamos en el callejón que da a la calle principal dónde está el banco. Hemos dado un rodeo, no entra en el plan que media ciudad nos vea llegar totalmente armados y equipados. No.
Nos agachamos, y Miguel y Raúl me miran, serios, concentrados, esperando mis palabras.
-No hay nada que decir, más que lo de siempre. A partir de aquí, olvidad vuestros principios. Sed profesionales. No disparéis a civiles a no ser que queráis dejarle 2.000 de vuestra parte al limpiador. Nada que no sepáis. Y por encima de todo, ni se os ocurra cagarla.- Miro a Miguel. Asiente ligeramente, y en sus ojos puedo distinguir la adrenalina. Pero parece tranquilo, eso está bien. No puedo perderle, o al menos, no hoy.
Me pongo de pie y me asomo a la calle. Nada de lo que preocuparse. Así que, suspiro, apartando de mi mente todo el miedo, cargo mi CZ100 y la alzo por encima de mi hombro, sujetándola con las dos manos. Miro a los otros, y compruebo como hacen lo mismo con sus AK47, colocándoselas listas para disparar. Aquí es cuando todo esto se pone serio. Frunzo el ceño. Que comience la acción, me digo. Comienzo a andar, con paso decidido, sin bajar ni un momento el arma. Pego una patada en la puerta del banco, abriéndola de par en par, y resquebrajado el cristal. Tengo tan subida la adrenalina que no soy capaz de sentir el dolor, y eso está bien.
-¡Esto es un puto atraco! ¡Todo el mundo al suelo!- Grito, mientras por el rabillo del ojo veo como Miguel y Raúl apuntan a los civiles, uno por cada lado del establecimiento. Bajo rápidamente la reja de cierre del local a la fuerza, y el sonido retumba por todo el banco, junto con algún que otro grito o gemido asustado de mujer. Miro a Miguel, quién asiente. Todo controlado, entonces. 
Por mi mente pasa el pensamiento de qué sería de este atraco, y de los demás golpes sin él. Es mi pilar básico, mi apoyo, tanto físico como psicológico. Lo necesito. Me reafirmo entonces en la idea de que no debo dejar que muera, por ningún concepto. 
Pero enseguida me doy cuenta de que tengo que ser rápido, estas operaciones se basan mayoritariamente en la rapidez, y nunca se puede estar más de cinco minutos en el local con un plan de atraco como este. Así que salto el mostrador, cojo al dependiente por el cuello de la camisa y lo levanto, apuntándole con la CZ100 directamente en la sien. Le miro a los ojos, lo tengo a menos de diez centímetros de mi rostro. Puedo notar todo su miedo y su ansiedad, pero yo no siento nada. Su sufrimiento para mi no significa nada. Ni el suyo, ni el de nadie. Sólo un puñado de personas me importan. Desde hace años que toda la humanidad me resulta insignificante y débil. Podría volarle la cabeza ahora mismo y no sentir nada. No es que sienta placer al matar, simplemente es que no siento pena. Una vida inútil e insignificante menos. Me da exactamente lo mismo, y por eso soy tan bueno en mi campo. Soy como una máquina programada para esto, y no me importa.
-¿Has llamado a la policía?- Lo meneo un poco, y se lo repito con más agresividad. -¿Has llamado? Dime la verdad, o tu sangre va a acabar esparcida por el suelo.- Presiono un poco el arma sobre su cabeza, ejerciendo presión. El hombre niega con la cabeza, asustado, incapaz de hablar. -Bien... ahora, me vas a llevar con el señor director. Y me vas a abrir la puerta. ¿Entendido?- Cogiéndole del brazo con un rápido movimiento, lo pongo de espaldas hacia mi sin soltar su muñeca, haciéndole la típica pero eficaz llave que utilizo siempre. Subo un poco el brazo, de manera que le duela y le coloco el arma en la nuca. Giro la cabeza, comprobando que toda la parte de los civiles y los chicos esté en orden. Al ver el rostro tranquilo de Miguel, empujo al hombre y me conduce rápidamente entre los pasillos. Sé que me está llevando al lugar correcto, me conozco este banco desde la puerta principal hasta la sala de electricidad. 
En medio minuto llegamos a la puerta del director, y a la de la supuestamente secreta caja fuerte. El hombre pasa su tarjeta por la cerradura, y puedo notar como no consigue pasarla bien a la primera por culpa del intenso tembleque que se ha apoderado de su cuerpo. Una reacción normal, pienso. Casi todos son iguales. Débiles.
En cuanto abre la puerta, lo tiro al suelo, y veo como rápidamente se encoge sobre si mismo en una esquina del pasillo y comienza a mecerse en posición fetal. Está presa del pánico. Lo miro por última vez, frunciendo el ceño por lo patético que me parece, y entro en la habitación, cerrando la puerta tras de mi.
En cuanto me doy la vuelta, veo exactamente lo que cabía esperar. El hombre, desesperado, tratando de cambiar la combinación de la caja fuerte a una aleatoria para no poder acordarse después, y por lo tanto, no poder decírmela. Pero no llega a tiempo. Corro hacia él, cogiéndolo de la parte de atrás del traje, y tirando de él con todas mis fuerzas, obligándolo a caer de espaldas al suelo con un gran impacto. Salto sobre él, sentándome en su abdomen, clavando con una mano su hombro al suelo, y con la otra, apoyando la CZ100  en su frente. El cañón ya ni siquiera debe de estar frío, pienso.
Lo miro, y, como en tantas otras veces, no siento nada. Absolutamente nada. Y, de repente, oigo su voz:
-Por qué me haces esto... por que nos haces esto a todos... Rubén.
Cambio mi expresión, a una de notoria ironía. A pesar de que no puede ver nada más que la franja de mis ojos, sé que sabrá interpretarla. Al fin y al cabo... es mi padre.
-Dame la combinación, ahora.- Respondo, imperturbable. No me queda mucho tiempo, necesito sacársela enseguida.
-Pero... Rubén... Que te has hecho. No solo si haces esto vas a condenar a tu propia familia. Sino también a ti mismo y a todo el país. No entiendo por que has acabado así.
En realidad, nada de esto viene por los clichés de los traumas infantiles. Nada me faltó en mi niñez ni adolescencia. Ni objetos, ni amor. Tenía amigos. Nunca toqué la droga. Simplemente, nací para esto. Al igual que toda mi banda. Es un simple ciclo, el más fuerte se come al más pequeño. Yo nací fuerte, por lo tanto estaba predestinado. Esta es mi vida. Esto es lo que soy.
-Dámela.- Respondo, en tono autoritario, apretando un poco más la pistola contra su frente. 
-...No. Lo siento Rubén, es por tu bien.- En ese momento, miro el reloj. Mierda, no tengo tiempo. Casi puedo sentir como mis pupilas se dilatan, y la adrenalina, que hasta este momento se había mantenido bastante estable, sube como la espuma. Pero me obligo a mantener la calma. No puedo dejarme llevar ahora. Y de repente, recuerdo algo. No me sabía este sito de memoria por haber estudiado los planos. Era simplemente porque había pasado aquí incalculables horas. Y de repente recordé ese pequeño detalle. 
Aflojé un poco su agarre inconscientemente, y entonces escucho lo único que no quería escuchar.
-¡Rubén!- El grito de Miguel resuena en mi cabeza como una sirena de emergencia, que es lo que realmente se escucha a continuación de ese grito. La policía. Puto cabrón mentiroso, pienso, mientras me asomo al pasillo, sin dejar de sujetar a mi padre. Veo al recepcionista, en la misma posición que lo dejé, y presa del odio, aprieto el gatillo de la pistola. Un tiro limpio, en plena cabeza. Lo veo caer, y veo su sangre correr por la moqueta azul. Enseguida vuelvo con mi padre, obligándome a mantener la calma. Lo miro, esperando una respuesta. Y como nada sale de él, simplemente me levanto, indicándole con la pistola y rostro de inexpresividad absoluta que se levante y se pegue a la pared. 
Me dirijo hacia su escritorio y busco en su cenicero ese pequeño agujero secreto que tan recelosamente guarda la llave del último cajón. Abro el cajón de alta seguridad, y, tras rebuscar un poco, encuentro el papel con la combinación. Comienzo a oír tiros, esto es mala señal. Supongo que Raúl y Miguel podrán contenerlos un par de minutos. Miguel. Tengo que darme prisa.
En mi cabeza empiezan a mezclarse sonidos, estoy perdiendo la concentración. Esto nunca me pasa. He estado en situaciones peores. Pero con más hombres. No dejo de oír los tiros, y me esfuerzo por poner la combinación lo más rápido posible.
Al fin, oigo ese "Chas" de la victoria. Ese que indica que la caja fuerte ha cedido. Veo todos los lingotes esperados. Abro la bolsa y comienzo a cargarla todo lo rápido que puedo. Miro el reloj. Ya vamos ocho minutos, y los tiros aumentan de velocidad e intensidad. Me maldigo por no haber cogido otra AK47, con la CZ100 no puedo hacer mucho ahí afuera, tendré que dejar que me cubran, pero en principio esto no se debería haber puesto tan feo.
Sin esperármelo, comienzo a oír suaves pasos en la moqueta. Mala idea, papá. Justo cuando comienzo a recobrar la concentración, te da por hacer lo más estúpido de todo. Me giro, y en una milésima de segundo aprieto el gatillo. Estamos a escasos dos metros el uno del otro. No había posibilidad de fallo. Veo como su expresión cambia, y pasa rápidamente de la sorpresa al dolor, para después caer inerte en la moqueta. Un tiro en la frente, también limpio. Lo miro durante unos segundos, y tan sólo suelto una pequeña carcajada antes de volverme hacia la bolsa. Me siento orgulloso de mi mismo, porque, de nuevo, no siento nada. Una simple vida menos. Un hombre menos. A veces me pregunto si realmente tendré sentimientos. Pero entonces pienso en mi banda, y confirmo que sí. Tengo. Pero muy limitados. 
Sonrío de medio lado, satisfecho. Por fin nos podemos irnos de aquí. Me echo la bolsa al hombro, y alzo la pistola, en guardia. Noto como sin querer golpeo el cráneo de mi padre al pasar. No bajo la vista, excepto para ver como mi bota se ha manchado de sangre. Avanzo, y dejo a los dos cadáveres justo como estaban, los dejo atrás, como simples fardos de basura. No significan nada para mi.
Pero una oleada de calor golpea mi pecho al llegar al hall del banco. Unas tres camionetas de policías equipados de asalto están en frente del establecimiento, más unos cuatro coches patrullas con policías parcialmente armados, nos esperan. Miro a mi alrededor, buscando a los chicos, y tan solo encuentro a unos cuantos cadáveres de civiles esparcidos por el suelo. El rojo y el azul se empiezan a confundir en mi mente. Sacudo la cabeza y frunzo el ceño. No, ahora no me puedo permitir desvariar. Recupero la calma, y busco a Miguel con la mirada. Los encuentro a ambos detrás de un coche civil, intentando contener a la policía. Corro hacia ellos, tirándome al suelo para cubrir los últimos metros de terreno libre sin que pueda ser alcanzado por las balas. Noto el calor del quemazón por pecho, rodillas y antebrazos que me produce el roce con el asfalto, pero es mi menor problema. Al apoyarme contra el chasis, miro a Miguel. Me responde con una mirada de decisión. Ni un poco de miedo. Lo necesito. Ambos asentimos y levantamos las armas, dispuestos a arrebatar las vidas de todos y cada uno de los policías que nos impidan escapar.
Pero todo lo siguiente pasa como una exhalación ante mis ojos.
De repente, veo llegar como un rayo a Isma con el coche. Un halo de esperanza cruza mi mente, pero, antes de que pueda reaccionar, veo que Ismael no tiene ninguna intención de parar. Corre a 150 kilómetros hora torciendo la calle. Ha escapado, nos ha dejado tirados. Un sentimiento de rabia incontenida nace en mi pecho, para acabar en mi garganta. Grito, todo lo fuerte que mis pulmones me permiten. Me quito el pasamontañas, no puedo seguir con ese intenso calor en mi rostro. Que le den. Paso mis dedos por el pelo, poniendo a este en su posición original y con una mirada de rabia y odio total, vuelvo a la carga.
Y justo después de haber acabado con unos 3 policías más, pasa lo más inesperado aún. Un camión entero de los militares aparece por mi espalda, derrapando. En cuanto me doy cuenta, dos cogen a Miguel, mientras un tercero mete un tiro en la sien de Raúl. Cae fulminado al momento. No tengo tiempo de sentir nada, porque noto como dos manos me agarran y tiran de mi cuello hacia arriba. Pero antes de que pueda levantar su arma, yo ya le he dado un codazo en la tripa que lo descoloca, y le he metido dos tiros en el estómago. Me giro bruscamente, para ver que estoy descubierto. Corro rápidamente al primer coche que veo, y tras cubrirme veo que toda la policía que queda está a unos diez metros de mi, con Miguel con una mano al cuello en el centro. Veo todos los cadáveres esparcidos en el suelo, y por primera vez en mi vida, siento miedo. No por todos esos cadáveres sin sentido alguno para mi, sino porque veo más cerca que nunca el fin. Mi fin. Nuestro fin. Alzo la vista, y veo como un oficial alza un megáfono.
-Escuche, deje el dinero, entréguese y nadie saldrá herido.
Chisto, mientras mi expresión se vuelve más dura que nunca. No me queda tiempo. No me quedan opciones. Da igual todo lo que piense, o que alternativas pueda sacar. Nada es válido. Estoy acabado.
Pero, mientras le doy vueltas a esto, noto que llevo aquí aproximadamente dos minutos sin hacer nada. Y veo a través de la ventanilla como un militar con gesto aburrido da una señal al que tiene sujeto a Miguel. Y este comienza a llevarlo hacia la camioneta. Hacia donde tienen las armas.
En cuestión de décimas de segundo, me da tiempo a darme cuenta de muchas cosas. Sé que no puedo parar la ejecución. Sé que siempre ha estado a mi lado. Sé que estos años he vivido como he querido. Sé que lo necesito. Sé que en realidad, no tengo ningún objetivo claro en la vida. Sé que él es la única persona a la que realmente quiero. Sé que mi liderazgo en este mundo, viva o muera ha terminado.
Así que me falta tiempo para abrir la bolsa, sacar de ella un par de granadas, y quitarles la anilla mientras corro como una bala hacia todo el stand de la policía.
Lo último que oigo es un estruendo, el mayor que he oído en mi vida. Lo último que noto es un calor abrasador corriendo por mi piel, y el estallido de todas y cada una de las venas de mi cuerpo. Lo último que siento, extrañamente es paz. Es pura paz, mi vida ha culminado aquí, y ahora estoy seguro de que esto era lo que llevaba queriendo todas estos años.
Y lo último que pienso es: "Este último asalto lo gano yo, este último asalto lo ganamos los dos."

martes, 26 de agosto de 2014

Luz. (Texto extendido de la canción Clarity)

Y de repente ahí estoy, nadando entre olas congeladas, entre todas las olas de mi pasado, donde me parece que todo vuelve a la vida. Y veo pasar entre el agua fría todo ese miedo, tan doloroso y egoísta que llegué a tener. Pero pienso y estoy segura de que todo valió la pena.

Y ahí, como no, apareces tú, tan helado como la marea de recuerdos que me atrapa. Ahí estás, justo antes de conocerte. Ojalá te hubieses quedado quieto, porque los dos sabemos como acaba esta historia. Pero algo te protege. Un cristal que te impide llegar hasta mí, que te impide inundarme. Pero conforme los segundos pasan en el reloj, esa barrera protectora que ha creado mi mente se rompe y me vuelvo a ahogar en ti... otra vez.


Tenía claro que era inevitable no encontrarte aquí entre todos mis recuerdos, porque tú, quiera o no, eres una parte de mi. Eres esa parte que desearía no necesitar. Porque es por tu culpa que siempre perseguía la felicidad sin descanso, y nunca la atrapaba. Seguía luchando, y no tenía ni idea de por qué. 

Pero tenía miedo de perderte, porque, dime: ¿Si nuestro amor era una pura tragedia, por que eras tú mi remedio? Y, ¿Si nuestro amor era una locura, por que eras tú toda mi luz?

Y es que eramos ese tipo de personas que se negaban a hacer las paces y dejaban un rastro rojo a su paso. Pero siempre había algo, algo que surgía desde lo más profundo se nuestro ser y nos hacía, o al menos a mí, perder todo lo que nos quedaba de sentido común.

Porque yo era el tipo de persona que si al intentar marcharme, por mucho que me hicieras daño, te oía hablar, volvería sin pensarlo, a pesar de que ya sabía lo que debía de hacer.
Y por mucho que me negaba a aceptarlo, sobre todo yo era el tipo de persona que empujaba mucho si tú tirabas, porque quería inconscientemente caer en tus brazos.

Porque tú, quiera o no, eres como un trozo de mi. Porque es por tu culpa que siempre perseguía el amor sin descanso, y nunca lo conseguía. Seguía luchando, y no tenía ni idea de por qué. 

Pero tenía miedo de perderte, porque, dime: ¿Si nuestro amor era una pura tragedia, por que eras tú mi remedio? Y, ¿Si nuestro amor era una locura, por que eras tú toda mi luz?

Pero, lo que más me pregunto y lo que mas me asusta es, ¿Por qué eres mi luz?

jueves, 31 de julio de 2014

Infinitas.

Siempre nosotras. Nosotras caminando infinitamente por nuestra carretera vieja del barrio, con el sol a nuestra espalda, sin nadie delante. Quizá tristes porque el calor ha terminado y ya llegan las horas en las que la chaqueta hace falta, quizá felices porque acabamos de tener un día que bien se diría épico. Siempre he pensado que esos momentos son los infinitos, porque es esa imagen del recuerdo la que podrás ver cuando no tengas a nadie a tu alrededor. 
En realidad, siempre pensé que nosotras eramos infinitas. Infinitas con nuestras manías, con nuestra forma de pensar, nuestra manera de reír, de vestir, de pelear, de hablar, con nuestra siempre presente ironía, con nuestra momentánea locura y absurdez, o con nuestra vergüenza y callar común. Y con nuestra oculta, pero al fin y al cabo presente, forma de querer. En resumen, nuestra forma de ser. Siempre tan diferentes, pero tan iguales. Y si te fijas, vuelvo a caer en tópicos comunes, de esos que la gente utiliza para dedicarle unas bonitas palabras a alguien. Pero supongo que todo se vuelve más poético cuando pienso en nosotras en las tardes de verano, sin más diversión que un móvil con música y con toda una ciudad que descubrir.
Y es que somos así de infinitas porque nadie comprende nuestro sentido del humor. Porque nadie comparte nuestros gustos. Porque a nadie le gustan los lugares que nos gustan a nosotras, y porque nadie tiene nuestra en realidad no tan compleja ideología. Y es lo diferente lo que se vuelve infinito, lo que acaba siendo recordado.
Y sé perfectamente que nada es eterno, que en un momento u otro todo se acaba. Un cambio pequeño, o un cambio grande, que aunque no lo parezca o por el contrario sea evidente, hace que nada vuelva a ser igual. Y el momento del cambio no duele tanto como el momento en el que lo asimilas. Y eres consciente, eres consciente de que la despedida es inevitable, de que el infinito es imposible, al menos para un simple corazón humano. Y aunque eres consiente no puedes evitar querer que ese adiós se retrase, siempre un poco más. Porque solo quieres volver a repetir nuestras caminatas por la carretera vieja del barrio, o nuestras risas con la música que tanto queríamos. 
Pero precisamente por eso somos infinitas. Porque cuando nada sea igual, porque cuando esté sentada, sola, con esa bebida que solíamos comprar, recordaré todo lo que pasamos, todo lo que eramos antaño. Por eso somos infinitas.

lunes, 7 de julio de 2014

Esas fiestas sin igual.

Inspiras, expiras, abres los ojos. 
La ropa, que hasta hace unas horas era inmaculadamente blanca, ahora está de mil colores más. La cara, el pelo, todo está increíblemente manchado. Lila con vino, amarillo con azafrán o huevos, rosa la sangría, rojo el kepchup, blanca la harina. Una batalla campal se ha desarrollado por toda la ciudad, hacia todas las personas que puedan estar en la calle con toda comida o bebida que se pueda tirar, y sobre todo, que manche. Así somos. El mismo olor mezclado de siempre, el mismo poco espacio. Pero sin embargo las mismas sonrisas, la misma emoción. Todos gritan, todos cantan, saltan, y bailan en lo que la medida del espacio les permite. Da igual de dónde sean o que idioma hablen. Todos son felices. Si en la Plaza Del Castillo ya estamos así, no quieres saber los pobres de la Plaza Del Ayuntamiento. 
De pronto, un pañuelo se alza. Nada tardas en levantar el tuyo, orgullosa, bien arriba. En cuestión de segundos la plaza se tiñe de rojo, entera, como una marea. Más euforia. Cánticos y saltos, como en el mejor de los conciertos. Sientes frío, gritas y ríes mientras ves como la bebida que han lanzado te empapa y te tiñe aún más. Es demasiado bueno para ser real.
Pero de repente, toda la plaza se calla, y los más rezagados alzan su "bandera" roja. El ansia colectiva va subiendo a medida que se acercan las doce. No ves la pantalla, pero eso no impide que oigas resonar por toda la plaza ese: -¡Pamploneses! ¡Pamplonesas!- Chillas, eufórica, con el pañuelo aún bien alto. -¡Viva San Fermín!- La plaza vibra con las miles de personas respondiendo al unísono un fuerte "Viva".-¡Gora San Fermín!- Otro increíble "Gora". 
Y es en ese momento cuando todos callan, hasta oír ese fuerte retumbar del cohete lanzado para inaugurar las fiestas. Aquí es donde todo comienza, todo se desata. Todo el mundo se vuelve loco, ya no hay nada que pueda parar lo que sucede en ese momento. Todo lo que antes ha ocurrido se multiplica por cinco, convirtiendo a toda una ciudad en la mayor fiesta del mundo. Te atas el pañuelo al cuello, como ya lo hacen todos. Y sonríes. Porque en nueve días nada te va a parar, porque vas a reír, vas a bailar, vas a disfrutar. Porque sabes que acaban de empezar los mejores días del año, y porque nada se iguala a la emoción de escuchar ese gran "Boom" para un pamplonica.
Sacudes la cabeza, y vuelves a la fiesta. Más saltos, gritos, cantos y risas. San Fermín ha comenzado.

miércoles, 11 de junio de 2014

Hace un año.

-No, esta vez no.- Pensó ella. -No pienso dejar que se escape ahora, ya he tenido 3 ocasiones en este maldito pasillo y no voy a desaprovechar ni una más.-
Se colocó justo en frente del chico, y avanzó, obligándolo a pegarse contra la pared. Se quiso zafar, pero al encontrarse directamente con la mirada de la morena, éste se quedó petrificado. Ella entró en un pequeño trance, perdida en sus ojos verdosos, pensando en todo aquello que su mente maquinaba:
"Y hoy te necesito. Y ahora sé perfectamente como estuviste, lo que te hice. Me entré de tus intentos de olvido, de tu remontada. Me enteré de que lo conseguiste. Oí que te va bien, que eres feliz, pero una estúpida broma del destino hizo que nos tocaran esas dos habitaciones contiguas en el hotel.

-¿Y por que no?- Dice ahora mi mente. Al fin y al cabo, aún recuerdo tu amor por mi hace casi un año. Siempre un tonto juego, siempre una manera de darnos calor cuando no podíamos soportar el triste frío interno. Pero tu mirada se fue tornando cálida cada vez que te veías reflejado en mis pupilas. Tus bruscos empentones desesperados se convirtieron en suaves caricias, tratándome como una nueva muñeca de porcelana. Tu sonrisa se tornó más tranquila, más sincera. Y tú siempre tratando de ocultar lo inocultable, sin saber que tu mente era una estancia vacía para mi. Eras y eres tan predecible... y aún así te quería. 

Pero tu rabieta de niño al descubrir que ese amor no era del mismo tipo al que tú sentías, me causó una frustración indescriptible. Yo nunca dije que eso fuera de sentimientos más fuertes. Yo supuse que sabrías que eso no era más que mero entretenimiento, que cuando encontrase a la persona indicada todo terminaría. Pero te empeñaste en quererme.

Pero lo cierto es que desde hace un tiempo extraño tus besos. Hay veces que necesito tu contacto, y aunque lo intento no lo puedo sacar de mi cabeza. Necesito ese amor que sólo tú sabías darme. Ese amor sincero. Porque desde hace un tiempo me encuentro sola, y solo ahora veo que contigo no lo estaba.


Y sé que de nuevo estoy siendo egoísta, porque tengo por seguro de que si ahora mismo teniéndote aquí, en el pasillo, a pocos centímetros de mi cara, te digo "Te quiero", todo ese muro que has construido desde hace un año se caerá y se romperá en mil pedazos. Pero... ¿Y por que no?"


(...)


-Lo siento, pero esta vez no.- El chico lo susurró tan bajo que a penas la madrileña pudo escucharlo. Consiguió sacar fuerzas de donde no las tenía, para sostener la mirada a esos intensos ojos oscuros, y posar un ligero beso en sus labios. Se dirigió ante la atónita mirada de ella (que se encontraba inmóvil en el mismo lugar de minutos atrás) a su habitación, sin mirar una sola vez atrás. Por unos segundos la idea de sucumbir de nuevo a lo que le había atrapado un año pareció ganar, y aunque le parecía sumamente inmoral ignorar la expresión de dolor de alguien, en realidad esa era la expresión de dolor de alguien que una vez había ignorado la suya.


La morena se encerró en la habitación, sin poder creer que ese chico inseguro de hace ya un invierno pudiera haberse vuelto tan fuerte. Pero eso no importaba, ahora se trataba de hacerle sentir lo mismo que ya había sentido durante meses. Porque quisiera admitirlo o no, ahora ella estaba más que enamorada, y necesitaba esos ojos verdes con ella.

Pero vaya si era difícil intentarlo, pudiendo escuchar su llanto al otro lado de la pared.

martes, 27 de mayo de 2014

Esas cosas que necesito decir(te/le/les).


(...¿Nunca has tenido la sensación de que si no dices algo a alguien, puedes explotar? Como puedo explicar...)


Hay muchas veces que me gustaría decir algo. No siempre es lo mismo ni al mismo, no siempre tiene lógica. Pero siempre tiene significado. 

Gritarlo, escribirlo o quizá susurrarlo, pero a esa persona. Al destinatario culpable de esta alegría, o quizá de este dolor. Siempre cosas que nunca voy a poder expresar. Tener un mensaje dentro de mi, algo que es demasiado importante, y que poco a poco me va aplastando, me entierra. Ese pensamiento acaba doliendo, sea bueno o malo, porque va ocupando el terreno de todo lo demás. En mi cabeza abro la boca, pero no tengo voz. Nadie lo escucha, nadie lo entiende. Y las palabras regresan, golpeándome con fuerza. Porque sé que ha sido un grito al vacío, un susurro al viento. Esas palabras no encuentran alivio, porque no ha habido nadie que las sienta. Nadie puede emocionarse, reír, llorar, disgustarse, siquiera sentir indiferencia por ese mensaje. Frases con una importancia vital, encerradas en mi interior. ¿Por que? Hay muchos motivos, demasiados. Quizá esa persona no sabe que existo. Quizá esa persona ya no esté. Quizá cuando esa persona lo sepa, a mi me perjudique, o quizá sea al revés. Seguramente será algo que nadie debe saber, pero necesito que sepa, él y seguramente el mundo entero. 
Siempre llego al punto inicial, siempre con la sensación de que voy a estallar. Esas emociones en mi cabeza son nocivas, y cuando llego a ese punto en el que necesito con ansia que esa persona lo sepa, simplemente me veo obligada a parar. A parar de lo que sea que haga, esa idea me puede, me reduce. No hay nada peor que eso. La impotencia y la desesperación se apoderan de mi. Siento ganas de correr, de liberarme. Siento ganas de pararme a pocos centímetros de su oído y hablarle tan bajo que sólo la brisa escuche, o quizá de pararme justo en frente, y gritar como nunca he gritado. 
Siento como ese pequeño pensamiento, esa pequeña frase, o a veces esa simple palabra se desliza hasta mis ojos, y luego cae. Liberando toda esa tensión, todo ese aguante que se había creado en mi interior, evitando que esa enorme bola de sentimientos caiga. Pero siempre se libera por poco tiempo, siempre regresa, y siempre más fuerte.
Lo único que queda en ese momento es esperar, esperar a que el tiempo pase, y este nudo se deshaga. 
Y con el paso de los meses, aprender a convivir con la idea de que lo imposible, imposible es, porque si no, no sería imposible. A saber calmar las cuerdas vocales, que vibran cada vez que pienso. A vivir con la idea de que el silencio es la única salida.
Porque si simplemente quieres decir algo, puedes decírselo a cualquiera, a tu amigo, a tu compañero de mesa, y hasta esa señora tan maja que se ha sentado al lado tuya en el autobús. 
Pero, ¿Que hay más complejo y desesperante que necesitar decirle a alguien algo y no poder?

martes, 20 de mayo de 2014

Caminos cruzados que desembocan al mismo lugar. (Secuencia narrativa de Tan Diferentes, Tan Iguales)

Parte vieja de la ciudad, 02:48 a.m.

El chico caminaba a paso lento calle abajo, sintiendo como el agua penetraba por los zapatos, pantalones, chaqueta… ¿En qué momento había decidido salir sólo con una triste chaqueta en una noche como aquella? Había salido así aun sabiendo que era la mayor tromba de agua que había podido ver caer, que ya llevaba varias horas cayendo, y que además era en plena noche. Plena noche, sí. La cuidad dormía ahora. Por las antiguas calles no se veía ni un alma, y sólo se escuchaba el sonido del agua correr por el viejo pavimento de piedra, y caer por los viejos canalones de aquellos edificios estrechos, desiguales y gastados. Sólo él, la noche, y el agua.
Seguía andado, con las manos metidas en los bolsillos de la chaqueta (intentando calentarlas en vano), y con la mirada fijamente concentrada en el suelo. Daba pequeños tumbos, de un lado a otro de la calle. Seguramente porque ni siquiera era consciente de a donde le llevaban sus pies. De su flequillo, acomodado con gomina hacia arriba, caían  pequeñas gotas de lluvia que, por un momento, se habían quedado entre esa mata de cabello castaño, que ahora se veía más oscuro que nunca. O bien por el agua que se lo oscurecía, o bien por la escasa luz que había en aquellas calles. Ni siquiera se había molestado en ponerse la capucha.
Cuando el frío comenzó a hacer verdadera mella en él, fue cuando comenzó a acelerar el paso, con la necesidad de calentarse un poco. Y es que sólo a él se le ocurría salir a estas horas, con este tiempo, a la zona más vacía de la ciudad. Pero necesitaba pensar, pensar con mucha más claridad de lo que podía hacerlo entre cuatro paredes, que le agobiaban y no le dejaban respirar. Necesitaba pensar en él. Y es que menuda ironía era que entonces, y sólo entonces se diera cuenta de sus sentimientos. Tanto le había hecho sufrir a él, y hace tan poco que se enteró… No lo había hecho con mala intención, simplemente nunca pensó que eso pudiera ser siquiera una posibilidad.
Después de un buen rato, levantó la vista del suelo, con esa mirada del que no sabe nada, de un niño pequeño a punto de llorar. Estaba en una pequeña placita pavimentada, con unos edificios de colores rodeándola. De los balcones de hierro colgaban plantas y flores, de los que por supuesto, caían grandes gotas que acababan en el tejado del pequeño porche cubierto de rosales que la rodeaba. Pequeños banquitos de madera en el centro formando un círculo, y en medio una fuente. Era realmente bonita.
Se sentó en un banco y se revolvió en cabello. ¿Cómo había podido llegar a estar así? Apoyando los codos en los muslos, entrelazó sus manos, agachó la cabeza y soltó un gran suspiro. Uno de esos en los que por ese aliento se te escapa todo tu calor. La tenue luz anaranjada de las farolas iluminaba su rostro, esas fracciones tan delicadas y bonitas, esas que sólo ves una vez en la vida. Lástima que una lágrima corría por su mejilla iluminada. Pero, pasase lo que pasase en estos días, se lo iba a decir. Se lo diría.
Estuvo en esa posición por un rato, hasta que se dio cuenta de la hora que era. 3:43 a.m. ¿Cómo? ¿Ya? Titubeante, se levantó del banquito y tras dar un pequeño traspiés, siguió caminando por las estrechas calles y callejones que se le presentaban. Pensando, siempre pensando.





Centro de ocio de la ciudad, 12:23 p.m.

Él paseaba por las calles repletas de luz. Bares “after-hour”, discotecas, antros… de todo un poco, ya se sabe, lo típico. La calle peatonal estaba iluminada con excesivas farolas, y destellos de colores le venían por los enormes carteles luminosos de aquellos lugares para pasarlo bien. Los edificios eran altos, todos iguales. Era la típica calle de película por donde uno sale con sus amigos a emborracharse, pero en esta ocasión no estaba ahí para eso. Era un jueves, así que no había lo que se dice gente joven, precisamente. Más bien adultos, que pasaban por la calle tan solo para dirigirse apresurados a otro lugar, seguramente que nada tendría que ver con el que estaban cruzando.
Se le nublaba la vista,  las gotas de lluvia caían de su pelo negro aplastado por el agua directamente a sus ojos, pero poco le importaba ya. Pocas cosas le importaban ya. Sintió un escalofrío, por lo que se abrochó aún más su abrigo negro, y encogió los hombros, como si eso le fuera a proteger de aquella poderosa tormenta. No tenía claro donde se dirigía, simplemente caminaba.
Miraba a todas partes posibles, intentando distraerse de esos pensamientos, que tan solo trataban de una única cosa. Él. Aunque de pronto, reparó en una de las cosas más llamativas de esa noche, y en la única que no se había fijado. Al alzar un poco la vista, y al ser alto, pudo observar como una marea de paraguas de todos los colores pasaban por todas partes, hacia todas las direcciones. Lo curioso era, que si alguien hubiera podido observar la escena desde arriba, sólo una cabeza de pelo negro se vería entre ese mar de tela. Sólo una. Y esa cabeza estaba a punto de explotar. Se sentía solo. Tan solo y desprotegido ante aquella enorme masa de personas, que seguramente tendrían a alguien que estaría deseoso de que por fin llegara a casa, que no pudo evitar replantearse la idea de olvidarle.
De pronto, sintió una fuerte sensación en su pecho, tan fuerte que le comenzó a faltar el aire. Empezó a acelerar el paso. Un poco más, un poco más… Antes de que se diera cuenta ya estaba corriendo todo lo que le permitían sus piernas, empujando a todas esas aburridas personas que andaban de un lado para otro. No podía más, tan sólo quería escapar de ahí. Todo era igual todo era asquerosamente cuadriculado, y en su mente sólo se le repetía una idea, que tenía como solución una terrible decisión. ¿Por qué esa calle no acababa? ¿Por qué no podía escapar? Y con ese escapar, se refería a todo aquello que últimamente le rodeaba. Demasiado aplastante, demasiado... aterrado. Era terriblemente agobiante, necesitaba gritar. Pero en vez de eso, aceleró el ritmo un poco más, consiguiendo esprintar, a una velocidad que nunca hubiera pensado que podía coger. Apretó sus ojos, deseando desaparecer.
Abrió los ojos. Se encontró jadeante, en mitad de una plaza vacía y sosa, encogido, intentando recuperar todo el aire que había gastado. Estaba aún más mojado que antes, y la tormenta sólo seguía. Miró a su alrededor, para encontrarse con que había un pequeño bar en una esquina, de la que salía una agradable música. Bueno, que perdía por entrar.
...
¿Tanto tiempo había estado allí metido? Bueno, más valía eso que seguir en esa asquerosa calle. Más valía haberse emborrachado que seguir pensando en dejar de quererlo. No tenía ni idea de dónde ir, y la tormenta había empeorado, así que tan sólo se metió las manos en los bolsillos y comenzó a andar calle abajo.






 Parque público, 4:02 a.m.

Allí ni una sola farola había, sólo la luz de la luna y los destellos de las gotas entre los árboles iluminaban ese lugar. Estaba completamente vacío, y la tranquilidad se podía respirar. Ese ambiente que tan sólo la cantidad de sauces llorones que había allí lugar podía dar, hacía una atmósfera de paz, de calma. Aquel lugar era como una especie de santuario que no debí ser perturbado por nadie, ni por nada. Demasiada belleza, digno de pintar, incluso con aquella tromba de agua. Pero un ruido de pisadas por los caminos de graba alteró ese silencio imperturbable. Allí estaba el castaño, muriéndose de frío sin abrigo, como si acabara de salir de la ducha. Seguía teniendo las manos en los bolsillos, pero su mirada ya no estaba dedicada al suelo. Ahora miraba a aquella preciosidad, que, por mil veces que había podido estar en ese lugar, nunca había apreciado. Su rostro era una extraña mezcla de sentimientos, pero el que predominaba era el de la felicidad. La felicidad de recordar todos esos momentos junto a él en aquel sitio. Él. Si no recordaba mal, siguiendo por el caminito y torciendo a la izquierda, ahí debería de estar su sauce. Ese en el que ambos se sentaban apoyados en el tronco con un par de refrescos en las tardes de verano. Y de otoño. Y primavera. Sea cuando sea. Ese árbol había sido testigo de tantos momentos, que bien podría hacer un libro. Alzó un momento la vista, y allí estaba, allí podía ver sus ramas más elevadas, sumidas en un profundo negro. Sonrió, mientras una pequeña lágrima corría por su rostro. Siguió caminando.
Al dar la vuelta a la esquina, algo lo dejó petrificado. Se podía ver con claridad la silueta de aquel enorme árbol, del que las ramas llegaban hasta el mismo suelo, el contorno de sus hojas, el balanceo de estas. Pero de pie, al lado del árbol, observándolo, se hallaba la sombra de alguien. Alguien que estaba lo suficientemente embelesado para no darse cuenta de que había llegado. Estaba sumido en el negro de la noche, pero, aun así, por su simple complexión, podía asegurar que… -Tú...- Salió de sus labios involuntariamente, no podía creer lo que estaba viendo.
“Tu…” escuchó de repente, sacándolo de sus miles de recuerdos. Se giró, y allí estaba él. La causa de sus pesadillas, de sus angustias, de todos sus males.  Allí estaba él, la persona que amaba. Podía ver su característica chaqueta empapada, y el contorno de su rostro entre la lluvia. Estaba encogido, temblando de frío, con las manos en los bolsillos, y aunque no podía verle nada bien debido a la oscuridad, sí que podía ver con claridad esos enormes ojos con una expresión que nunca había visto. Una expresión de… ¿Decisión? No, no ahora…
-Tú…-Dijo esta vez el moreno, lo último que le apetecía era tener que verle ahora. Quería dejarle de una vez claro que todo se terminó, adiós a su amistad. Era duro, pero no podía seguir con ese dolor que le causaba saber que nunca podría estar con él de otra manera. Se mordió el labio inferior, mientras que mirando al suelo trataba de sacar el valor suficiente para decirle aquello. El agua le seguía chorreando por el pelo, lo que le dificultaba la visión. Levantó por fin la vista, y lo que vio fue algo que para nada se esperaba. El castaño, decidido, sacó las manos de los bolsillos, y con una mirada furiosa y paso terriblemente enérgico, se acercó a él, hasta que sus caras quedaron a centímetros de distancia. Entonces, cogió de la nuca al moreno y posó su mano en la mejilla. Y simplemente, lo besó. Él se resistió, asombrado al principio, pero después le rodeó con sus brazos, haciendo del momento algo mágico. La lluvia se colaba entre sus rostros y se posaba en sus labios, para después resbalar, cayendo. Un beso en aquella tormenta, frente a aquel sauce, que ya tenía la historia de cómo al fin, dos enamorados unían sus labios bajo la lluvia.



jueves, 15 de mayo de 2014

Tan diferentes, tan iguales.

(...Caminaban por la calle, tan separados por las calles de distancia entre ellos, pero tan unidos por sus simples pensamientos, por sus complicadas mentes. Tan seguros de sus ideas, tan inseguros de sus actos. Tan solitarios como aquel día en el que por primera vez en años no se escribieron. Tan nostálgicos como aquel día en el que se dieron cuenta de que ya hacían dos semanas que no se veían. Tan tristes como uno se sintió al saber que siempre estuvo equivocado, que sus ilusiones de correspondencia nunca fueron reales. Tan desesperados como la primera vez que el otro se dio cuenta de que no podía controlar lo que muy dentro empezó a surgir, y que era real, aún sabiendo que su amistad terminó ya hace tiempo.
Ideas tan opuestas, que después de tanto tiempo siendo uno, les parecería mentira saber lo que el otro estaba pensando.
Caminaban por la calle, uno con esperanzas, otro con falta total de ellas.
Caminaban por la calle, sin saber que en unos minutos iban a desembocar al mismo parque...)

-Los recuerdos no desaparecen, siempre serán mi señal y mi advertencia de que todo lo que vivimos no fue mas que un error. Ahora todo lo que me queda es tratar de seguir creyendo en la idea de que todo puede volver a ser como antes.

- Y aquí estoy, parece que ha pasado una vida desde que nos vimos, desde ese día me he dado cuenta de todo lo que provoqué, de todo el daño que te hice, y no me queda nada mas que mis esperanzas de volverte a ver.
-Porque me hiciste dudar, me hiciste dudar de lo que yo valía, me hiciste dudar hasta de la tierra en la que camino sea firme.
-Porque tú me hiciste creer, me hiciste creer en el amor, me hiciste creer en esa fe incuestionable.
-Se bien que puedo vivir sin ti, pero eso no es algo que quiera ni desee, ahora solo debo de aprender a vivir, a seguir, a que no me maten todos estos recuerdos que alguna vez me hicieron feliz. 
-Pero desde que te fuiste, no se cómo seguir siendo como siempre he sido, con todo lo que llevo dentro, no me queda nada de ti, solo esos recuerdos que me hacen feliz.
-Supongo que me di cuenta …
-Supongo que me di cuenta…
-De que nunca debí quererte.
-De que te quiero.

sábado, 10 de mayo de 2014

Esos ojos verdes

Hay algo que estos días me ha llevado a fijarme en tus ojos.

A primera vista, son sólo ojos. Unos ojos normales, de un color marrón claro. Quizá sea por la luz, o porque de normal no alzas demasiado la vista, ni te acercas mucho. Pero no hace tanto, me empecé a fijar en que esos ojos no son del color que intentan aparentar. Son unos ojos de un hermoso color verde.

Cuando ese reflejo de sol te dio en los ojos, y salió un pequeño resplandor verdoso, pensé que justo de la luz se trataba. Desde entonces no pude alejar la vista de ellos, buscando de nuevo ese brillo, ese color. Intentando por todos los medios hallar una pequeña pista. Hasta aquel día, en el que tan cerca estabas, que hubiera podido ver el reflejo de mi cara en tus pupilas. Entonces vi, que esos ojos no tenían nada de normales.
Y es que así era, unos ojos verdes oscuro, de un color bastante inusual. Porque, dime: ¿A cuántas personas has visto con los ojos verde claro? ¿Y verde oscuro? Eran simplemente preciosos.

Día tras día, mi vista iba atraída hacia tus ojos, que casi mágicamente cambiaban una y otra vez. Era casi un espectáculo, un deleite observar como la luz jugaba con los colores, trasformándolos, degradándolos, agregando o quitando intensidad. Verde, marrón, miel... y mil tonalidades de cada uno de ellos. Nunca me había perdido tanto en unos ojos.

Supongo que de tanto observar, llegó el día en el que me fijé en que a parte de su color, había algo hermoso en esos ojos. Ese brillo, esa chispa de vitalidad. En todos los ojos se puede distinguir, pero en los tuyos es aún más evidente. Imagino que esa es la razón de que te veas mil veces más alegre, más lleno de vida, mas... tú. Eso me lleva a ver con claridad como estás, si bien, mal, feliz, triste...
Lo más sorprendente es que nadie se da cuenta, nadie se fija en algo tan pequeño pero a la vez tan evidente. Algo tan vital en ti, algo tan característico en tu persona. Tu brillo, tu color.
¿Cómo es que nadie se fija en una de las cosas más bonitas de ti? ¿Cómo nadie es capaz de apreciar lo que para mi es tan obvio e indispensable?

Son esos ojos los que no me dejan pensar en otra cosa, son esos ojos verdes los que me ayudan a seguir. Son esos ojos, los que me gustan más que los demás; son esos ojos verdes, esos que podría observar toda una vida.

Aunque siempre que me paro a pensar en por qué me atraen tanto, a parte de esas dos razones principales, me viene a la cabeza una mayor: ¿No será que esos ojos verdes me gustan tanto por el simple hecho de que te pertenecen? 
Me gustan porque cada vez que los miro a ellos, te veo a ti.

jueves, 27 de marzo de 2014

Niños temerosos.

Tengo miedo a la oscuridad. Pero no es ese miedo de los niños pequeños, que por excesiva imaginacióm tienden a ver cosas que no hay. Yo, mas bien, tengo miedo a mi cabeza en la oscuridad.
En el momento en el que las luces se apagan y todo queda en silencio, un sentido oculto se despierta. Tus demonios salen de su sueño, transformando todo pensamiento positivo en algo oscuro. Cada amigo en un traidor. Cada familiar es un desalmado. Cada recuerdo en una mentira. Cada esperanza en un agujero.
Lo peor es esa sensación. La misma que uno tiene la primera vez que en Septiembre sale de casa y siente frío. Sientes ese vacío repentino, sientes la pérdida del Verano. Como algo así se puede describir la sensación que se extiende por tu cabeza. Las nubes del día te cubren y empieza a llover. Sueños sin cumplir, esperanzas perdidas, desilusiones, tristeza acumulada. Y te ahogas. Y recuerdos, y cosas que pueden pasar, que pueden cambiar tu vida, y dramas, y futuras perdiciones. Y te falta el aire. 
Pero, al fin y al cabo, todo son imaginaciones o recuerdos. Quizá estés mas cerca de un niño temeroso que de una mente madura, ¿no crees?